El pintor que engañó a un régimen

10 julio, 2013

De pintor mediocre a héroe, este holandés se ganó a la gente y se burló de la crítica de arte, además de asestarle un buen golpe al ego de los nazis. ¿Quieres saber cómo lo logró?

 pintor Collage

Han van Meegeren era un artista que no podía encontrar su sitio en el movimiento cultural de Holanda, sobre todo porque ni siquiera los críticos le reconocían que tuviera talento. Quizá un poco gruñón, Van Meegeren no consideró que el arte moderno era digno de apreciarse, y siempre defendió el Renacimiento y otras formas más clásicas. Ese fue uno de sus puntos en contra, pues a pesar de que le reconocieron que poseía buena técnica, lo tacharon de aburrido, poco original, mediocre. El pintor, entonces, decidió demostrarle a todos que podía hacer más de lo que se esperaba, y que además se burlaría de aquellos que lo hicieron menos.

Así que decidió hacer pinturas al más puro estilo de Johannes Vermeer, el orgullo de Holanda en cuanto a pintura clásica, pero no copiando cuadros ya existentes, sino con piezas originales, falsamente firmadas con el nombre de Vermeer. Y fue su más grande golpe, ya que críticos, coleccionistas y expertos en arte del siglo XVII celebraron el supuesto descubrimiento de piezas nunca antes clasificadas que protagonizaron exposiciones y fueron vendidas en millones sin un parpadeo. Olvidando que iba a vengarse del mundo, Van Meegeren comenzó a disfrutar del dinero que recibía como “proveedor de arte” y todo iba bien, hasta que llegaron los nazis y le compraron un buen lote, entre ellos, el mismo Göring. Es por eso que cuando la Segunda Guerra Mundial terminaba, el falsificador fue buscado por los Aliados como si se tratara del encargado de dar arte invaluable a las manos equivocadas. Tuvo que descubrir su fraude para evitar la cárcel, aunque no fue sencillo que le creyeran, pues una enorme lista de “conocedores” sostenían que las pinturas eran originales. Para probarlo, le dieron un lienzo, pinturas y seis semanas de trabajo frente a un jurado que descubrió que Van Meegeren no tenía originalidad, pero sí una técnica impecable.

Como había cometido un crimen después de todo, lo condenaron a un año de prisión. No alcanzó a cumplir sentencia pues murió de una enfermedad en el corazón antes de que ingresara a la cárcel, pero es recordado como el hombre que se burló del Tercer Reich justo donde más le dolía: en sus tesoros robados.

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